martes, 22 de septiembre de 2009

22 de septiembre


Anna conoció a Andrés la noche que Marina dejó a Don. Al mismo tiempo, Don se cruzó con Marissa, que venía de acostarse con Pipp (que regresaba junto a Casandra, que lo esperaba con la luz de la mesilla de noche encendida, para que al apagarla le diese un beso de buenas noches) y la luz de las farolas le recordó que quizás Isabella estaba sola en casa, y que Andrés llegaría tarde.

jueves, 17 de septiembre de 2009

17 de septiembre


Deja de hacerte la dura. Tarde o temprano iba a empezar a latir de nuevo.

sábado, 29 de agosto de 2009

29 de agosto


"Te seguiría por el frío,
por el calor,
te seguiría por el desierto.

Te seguiría bajo la lluvia,
bajo la nieve,
despierto, dormido.

Te seguiría por cualquier ciudad,
por carreteras escondidas,
por caminos perdidos,
por ríos rotos o por mares infinitos.

Viviría contigo en las calles,
moriría contigo en cualquier sitio.

Pero no me pidas, por favor, no me lo pidas.
No me pidas que escale hasta el cielo,
tan alto no llego.
Pipp."
Y así Casandra buscó una escalera. Aunque el cielo estuviese tan alto alguna manera habría de alcanzarlo.


miércoles, 12 de agosto de 2009

13 de agosto


Casandra se levantaba temprano de la cama. Iba al jardín y recogía unas flores, que dejaba en el jarrón de cristal de la encimera de la cocina. Después salía en camisón a la puerta de la calle y recogía el correo, lo leía con calma en las escaleras de cemento de la entrada y volvía a la cocina a exprimir unas naranjas y beber el zumo con dos cucharaditas de azúcar moreno y tres cubitos de hielo. Se duchaba con calma y dejaba caer las últimas gotas con el grifo del agua caliente completamente cerrado, porque la fría la ayudaba a despejarse. Se secaba, se ponía una toalla en el pelo y se embadurnaba de crema de frambuesas, esa que dejaba un olor muy suave en una piel que también se quedaba muy suave. Así, desnuda y descalza, iba al armario de madera blanca y cogía un camisón limpio. Se lo ponía y volvía a la cama un rato más con Pipp. Pero siempre pasaba lo mismo, la cama seguía tan fría y tan vacía como cuando se iba al jardín. Y Casandra se encogía, se hacía diminuta y dejaba pasar un tiempo, por si acaso.