sábado, 10 de enero de 2009

10 de enero



Miró hacia el cielo y el gris le inundó los ojos. Se dejó acariciar por última vez por la suave brisa que llegaba de ningua parte y bajando la cabeza escuchó el chirrido de un tren que se acercaba, como advirtiendo con su ruido el final de una agonía. Anne hizo un mohín y se inclinó para recoger las maletas cuando un leve sollozo la distrajo levemente. A su derecha, dos amantes se despedían con tristeza. Ella se dejaba caer en los brazos de él, que la sostenía con suavidad. Parecía una de esas películas americanas que tanto proyectaban en los cines de la pequeña Plaza Mayor. Anne sacudió la cabeza, y cogiendo su equipaje se dispuso a subir al tren. Esta vez ya no había marcha atrás. Y mientras la vieja locomotora arrancaba decidió no mirar atrás, olvidar el paisaje que se iba diluyendo en los ventanucos de su vagón. Y con tristeza suspiró, finalmente sabía que por muy lejos que se marchase, el pasado siempre volvía a ella, y dejándose caer sobre su asiento cerró los ojos y cruzó los dedos. Quizás, esta vez no sería como las anteriores.









2 comentarios:

Coco dijo...

me gusta la historia.
y me gusta robert doisneau.

asi que, perfecto :)

AAN dijo...

Nuestro pasado viaja con nosotros, no importa lo lejos que huyamos...

Lindo. Beso